La Morena

La Morena

Priscila, sólo una mujer del pueblo, la Maru, llamaba por su nombre de pila a la Morena. Mi abuela nunca supo por qué sus padres eligieron ese nombre, tampoco de dónde procedía. No era un nombre muy común en 1920, tampoco lo es ahora. Fue una persona que vivió la II Guerra Mundial, la Guerra Civil española, el franquismo, la transición, la democracia, y multitud de desgracias de aquellos tiempos que recordaba cada día cantando coplas populares.

Su vida se fundaba en unos principios de conducta y una manera de ser y hacer enfocada a la familia, el trabajo y la religión.

No puedo evitar trasladarme a un domingo a mediodía antes de describir a La Morena. Zapatos de tacón oscuros con un detalle dorado, medias de cristal, falda negra por debajo de la rodilla y una hermosa blusa estampada con flores. Un imprescindible en su estilo eran los labios perfectamente maquillados en tonos rosas y una buena dosis de laca Nelly para fijar su pelo cardado. Su ritual diario era lavarse la cara con jabón de lagarto y aplicarla minuciosamente un algodón impregnado en alcohol de 96º. Una liturgia que lograba que la piel de su rostro estuviera perfecta, radiante y llena de vida. Su pelo negro y ondulado hacía un tándem perfecto con sus ojos verdes.

La Morena, según dicen los la conocieron, era un mujer con una belleza exuberante. De esas mujeres a las que los fotógrafos de la época morían por retratar, por intentar plasmar en un papel la perfecta combinación de belleza y personalidad.

La More era muy querida y admirada. Siempre estaba dispuesta a escuchar, ayudar y a arrimar su hombro. En ocasiones, era víctima de su mal humor y de su fuerte personalidad.

Cuando el Camino de Santiago apenas estaba explotado, La Morena ya recibía cartas y postales desde Londres, Bilbao o Lisboa de algún peregrino que quería agradecerle su hospitalidad. Un vaso de agua fresca, un bocadillo de chorizo de la olla o un rato bajo la sombra de las higueras de la casa era motivo suficiente para invertir en un sello con destino a Ledigos.

Desde los años 50 el Bar La Cueza era una parada obligatoria para peregrinos, comerciantes o vecinos del pueblo. Los platos estrella de La Morena eran los callos guisados, lechazo asado en el horno de leña o los productos de la matanza. Algunos clientes pagaban religiosamente y otro no tanto, pero a ninguno le faltaba un chato de vino acompañado de un bocado de tradición.

Es muy difícil dejar huella en las personas y en la historia, mi abuela lo consiguió. Hoy en día es un personaje conocido y reconocido por su buen hacer.

Mi curiosidad ha despertado para indagar acerca del significado de Priscila, mi nombre y el de mi abuela. Es el diminutivo de Prisca, derivado del latín priscus, quiere decir "viejo, antiguo". Se refiere a los bienes materiales o inmateriales que ya no existen en la actualidad, lo que estaba en el pasado, lo de otro tiempo. Era un término utilizado de forma poética en la época imperial, con matices de veneración y respeto hacia lo ancestral. Ahora entiendo el motivo por el cual mis bisabuelos escogieron ese nombre, Priscila, La Morena.

Su hija y sus nietos queremos rendirle este homenaje, en su casa, donde trataremos que cada rincón no olvide su esencia.

Bienvenido a tu casa, Albergue La Morena.

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